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Los Angeles

" Los ángeles son a Dios lo que los rayos del sol, a éste.
Dios los creó para que estuvieran a nuestro servicio y nos atendieran.
Su razón de ser es contestar a nuestras oraciones.
Aunque vivamos en el mundo material ellos constituyen el vínculo especial que nos une a Él. Además, cada uno de nosotros tiene en su interior un fragmento de Dios, una chispa divina, que le permite acudir a los ángeles en busca de ayuda, ¡y esperar resultados! "

viernes, 10 de noviembre de 2017

Solapaciones




El trámite de la oleada de vida de uno a otro reino no se efectúa en rigurosa continuidad, sino que se nota mucha latitud en la variedad, y así quedan no pocos huecos o solapaciones entre los reinos. Esto se ve más claramente en nuestra línea de evolución, porque la vida que llega a los niveles superiores del reino vegetal no pasa nunca a los inferiores del animal, sino que por el contrario, entra en éste por etapas bastante adelantadas. Así, por ejemplo, la vida que anima un robusto árbol forestal no descenderá jamás a animar un enjambre de mosquitos, ni siquiera una familia de roedores o de rumiantes. Estas formas animales están animadas por la porción de oleada de vida que salió del reino vegetal en el nivel de la dalia o del diente de león. En todo caso se ha de recorrer la escala evolutiva; pero parece como si la parte delantera de un reino fuese paralela a la zaguera del reino inmediatamente superior, de suerte que el tránsito de uno a otro se puede efectuar por distintos niveles según los casos.
La corriente de vida que entra en el reino humano esquiva por completo las etapas inferiores del reino animal; esto, es que la vida que ha de alcanzar el reino humano nunca se manifiesta en forma de insectos ni reptiles. Antiguamente entró en el reino animal por el nivel de los enormes saurios antediluvianos; pero ahora pasa directamente de las superiores formas vegetales a la de los mamíferos. De la propia suerte, cuando se individualizan los más adelantados animales domésticos, no han de humanizarse necesariamente por vez primera en la forma de primitivos salvajes. El siguiente diagrama muestra en ordenación sinóptica algunas de estas líneas evolutivas, aunque en
modo alguno las contiene todas, pues sin duda hay otras no observadas todavía, con multitud de maneras de pasar de una a otra por distintos niveles. Así es que el diagrama ( situado en la ultima
pagina de este libro ) se contrae a un amplio bosquejo del plan. Según se infiere del diagrama, en la última etapa convergen todas las líneas de evolución, o por lo menos para nuestra ensombrecida vista no hay distinción entre la gloria de los altísimos seres, aunque acaso si fuese mayor nuestro conocimiento podríamos completar el diagrama. De todos modos, sabemos que así como el reino humano está el grandioso reino de los ángeles o devas, y que la entrada en este reino es una de las siete puertas que se abren ante los pasos del Adepto.
Este mismo reino de los devas es la etapa superior de la evolución de los espíritus de la naturaleza, aunque en esto vemos otro ejemplo de los saltos o solapaciones a que antes aludimos, porque el Adepto entra en el reino dévico por la cuarta etapa, sin pasar por las tres inferiores, mientras que el espíritu de la naturaleza entra en el reino dévico por la primera etapa, o sea la de los devas inferiores. Al entrar en el reino dévico recibe el espíritu de la naturaleza la divina chispa de la tercera oleada de vida y logra así la individualidad, como la logra el animal cuando entra en el reino humano. Además, de la propia suerte que el animal sólo puede individualizarse poniéndose en contacto con el hombre, análogamente el espíritu de la naturaleza, para lograr la individualización, ha de ponerse en contacto con el ángel, servirle de ayudante y trabajar para complacerle, hasta que aprenda a trabajar como los ángeles. En rigor, los más adelantados espíritus de la naturaleza no son seres humanos etéreos o astrales, porque todavía no están individualizados, pero son algo más que un animal etéreo o astral, pues su grado de inteligencia es muy superior al de los animales, y en muchos puntos igual al del común de la humanidad.
Por otra parte, los espíritus de la naturaleza de orden ínfimo tienen limitadísima inteligencia, por el estilo de la de los pájaros-moscas, mariposas o abejas a que tanto se parecen. Según se ve en el
diagrama, los espíritus de la naturaleza abarcan un amplio segmento del arco de evolución, incluyendo etapas correlativas con todas las de los reinos vegetales, animal y humano, hasta casi en la que hoy está nuestra raza. Algunos tipos inferiores de espíritus de la naturaleza no tienen nada de estéticos; pero también ocurre lo mismo con las especies inferiores de reptiles de insectos. Hay tribus de espíritus de la naturaleza, no desarrollados todavía, de gustos groseros, y por lo tanto, su aspecto está en correspondencia con su etapa de evolución.
Las informes masas con enormes y rojas fauces que viven en las nauseabundas emanaciones etéreas de la sangre y del pescado podrido, son tan horribles a la vista como a la sensación de toda persona de mente pura. Igualmente repulsivas son las entidades rojinegras, semejantes a crustáceos rapaces, que planean sobre los lupanares, y los monstruos parecidos al octopus que apetecen regodearse en los vapores alcohólicos de las orgías y festines del beodo. Sin embargo, por muy repugnantes que sean estas arpías, no son dañinas de por sí ni se pondrán en contacto con el hombre, a menos que se degrade al nivel de ellas esclavizándose a sus bajas pasiones. Tan sólo los espíritus de la naturaleza de estas especies inferiores y repulsivas se acercan voluntariamente al hombre vulgar.
Otras de la misma clase, pero algo menos materiales, se gozan en bañarse en las groseras vibraciones levantadas por la cólera, avaricia, crueldad, envidia, celos y odio. Quienes cedan a estos innobles
sentimientos, se exponen a estar constantemente rodeados por las corroñosas coluvies del mundo astral, que unos a otros se atropellan con tétricas ansias de antesaborear un arrebato pasional, y en su ceguera hacen cuanto pueden para provocarlo o intensificarlo. Apenas cabe creer que tan horrosas entidades pertenezcan al mismo reino que los simpáticos y jubilosos espíritus de la naturaleza que vamos a describir.



domingo, 1 de octubre de 2017

Las Silfides



Vamos a considerar ahora el tipo superior del reino de los espíritus de la naturaleza, o sea la etapa en que convergen las líneas de desenvolvimiento de las hadas de tierra y mar. Son las sílfides o espíritus del aire muy superiores a los tipos que hemos tratado hasta ahora, pues ya se han desprendido de materia física y su vehículo inferior es el astral. Aventajan mucho en inteligencia a las clases etéreas e igualan a la generalidad de los hombres, aunque todavía no están
permanentemente individualizadas.
Por estar tan evolucionados estos seres pueden comprender acerca de la vida mucho más que los animales al separarse de su alma grupal, y así ocurre que conocen que les falta la individualidad y anhelan ardientemente lograrla. Esta es la verdad subyacente que en las tradiciones populares que representan a los espíritus de la naturaleza anhelosos de poseer un alma inmortal.
El procedimiento que ordinariamente siguen para este logro consiste en relacionarse por el trato y el amor con los Devas o ángeles astrales que constituyen el grado de evolución inmediatamente superior.
Un animal domestico, como el perro o el gato, progresa por el desarrollo de su inteligencia y de sus afectos mediante el intimo contacto con su dueño. No sólo le mueve su amor al dueño a determinados esfuerzos para comprenderle, sino que las vibraciones del cuerpo mental del dueño influyen de continuo en su rudimentaria mente, que poco a poco aumenta en actividad, al propio tiempo que el afecto de su amo despierta en su cuerpo astral siempre crecientes emociones.
El hombre puede o no amaestrar al animal, pero en todo caso, aun sin deliberado esfuerzo, la íntima relación entre ambos favorece el progreso evolutivo del inferior. Con el tiempo, el desenvolvimiento del animal llega a un nivel en que es capaz de recibir la tercera Oleada o, mejor dicho, Efusión de Vida, que lo individualiza separándolo definitivamente de su alma grupal.
Ahora bien, esto es exactamente lo que ocurre entre el Deva astral y la sílfide, con la sola diferencia de que lo efectúan de más inteligente y eficaz manera. Ni un hombre entre mil sabe nada acerca de la verdadera evolución de su perro o de su gato ni mucho menos comprende el animal las posibilidades que le aguardan. Pero el Deva conoce claramente el plan de evolución y en muchos casos también sabe la sílfide lo que le conviene, y en consecuencia obra inteligentemente para lograrlo.
As es que cada Deva astral tiene adictas varias sílfides a quienes enseña y de él aprenden, intercambiándose sus afectos.
Muchos de estos Devas astrales sirven de agentes a los devarrajas en la distribución del karma, y así ocurre que las sílfides suelen ser agentes subalternos de esta obra, adquiriendo sin duda copiosos conocimientos, mientras ejecutan la labor asignada.
El Adepto sabe cómo utilizar los servicios de los espíritus de la naturaleza cuando de ellos necesita, y hay no pocos asuntos que les pueden confiar. En el número de Broad Views, correspondiente a febrero de 1907, se publicó un admirable relato de la ingeniosa manera en que un espíritu de la naturaleza desempeñó una comisión que le había confiado un Adepto.
Se le encargó que distrajese a un inválido enfermo de gripe, y durante cinco días el espíritu entretuvo con curiosas e interesantes visiones cuyo feliz resultado, según confesión del mismo enfermo, fue “alegrar los días que en ordinarias circunstancias hubieran sido de insufrible tedio”.
Le mostró el espíritu de la naturaleza una desconcertante variedad de escenas en que aparecía el interior de semovientes rocas con diversidad de seres en ellas.
También le mostró montañas, bosques, senderos y edificios de soberbia arquitectura, columnas corintias, estatuas, bóvedas y maravillosas flores entre palmas que ondeaban como mecidas por la brisa. Con los objetos del aposento componía una escena de mágica transmutación, y en verdad que de la curiosa índole del solaz proporcionado podía colegirse la especie de espíritu de la naturaleza empleado en tan caritativa obra.
Los magos orientales procuran a veces obtener la ayuda de los superiores espíritus de la naturaleza para sus operaciones; pero este empeño no está exento de peligros.
Al efecto han de valerse de la invocación o de la evocación. La invocación consiste en atraer al espíritu con súplicas y concertar el asunto con él. La evocación estriba en actualizar influencias que muevan al espíritu a obedecerle. Si fracasa en el intento se expone a provocar la hostilidad con riesgo de inutilizarlo prematuramente o por lo menos lo colocará en situación desairada y ridícula.
Hay muchas variedades de sílfides que difieren en poder, inteligencia, aspecto y costumbres. Desde luego que no están tan contraídas a determinada localidad como las clases ya descritas, aunque también parecen reconocer los límites de diversas zonas de altitud, pues unas variedades flotan siempre cerca de la superficie terrestre, mientras que otras veces se acercan a ella. Por regla general comparten la común repugnancia por la vecindad del hombro y sus inquietos deseos; pero hay
ocasiones en que soportan esta molestia a cambio de diversión o de lisonja.


Sus diversiones


Se solazan animando formas mentales de varias clases. Por ejemplo, un novelista produce vigorosas formas mentales de todos sus personajes y los va moviendo, como si fueran polichinelas, en su diminuto escenario; pero a veces un tropel de jubilosos espíritus de la naturaleza se apodera de las formas mentales creadas por el novelista y desarrollan la acción bajo un plan improvisado por la
excitación del momento, de modo que el desalentado autor nota que sus muñecos se le han ido de la mano y demuestran voluntad propia.
La afición a las jugarretas, tan características en algunas halas, persiste en las especies inferiores de sílfides, cuyas personificaciones no son ya de índole tan inofensiva.
Las gentes cuyo mal karma las colocó bajo el dominio de la teología calvinista y no tienen todavía inteligencia o fe bastantes para desechar sus blasfemas doctrinas producen con sus temerosas emociones horribles formas mentales del imaginario demonio a quien su superstición concede tan preeminente papel en el universo.
Siento decir que algunos traviesos espíritus de la naturaleza son incapaces de resistir a la tentación de enmascararse con estas terribles formas mentales, tomando a broma el aparecer con cuernos, arrastrar una cola ahorquillada y echar llamas por las fauces.
A quien conozca la índole de estos demonios de pantomima, no le causarán daño alguno; pero los niños bastante receptivos para tener un vislumbre de tan espantables espectros, sentirán profundo terror si no se les advirtió de su inanidad.
Como quiera que el espíritu de la naturaleza no conoce el miedo, no echa de ver las graves consecuencias de su travesura, y acaso cree que el miedo del niño es fingido y que forma parte del juego.
Sin embargo, no podemos inculpar al espíritu de la naturaleza, desde cl momento en que consentimos que nuestros niños estén atados a la cadena de una grosera superstición, descuidando inculcarles la capital verdad de que Dios es amor y que el perfecto amor desvanece todo temor.
Si el espíritu del aire aterroriza así de cuando en cuando a los niños vivientes mal instruidos, debemos poner en su abono el anhelo con que procura entretener y divertir a millones de niños de los que llamamos "muertos"; pues jugar con ellos y solazarlos de cien maneras distintas, es una de sus más dichosas tareas.
Las sílfides han echado de ver la oportunidad que les deparan las sesiones espiritistas, y las hay que asisten frecuentemente a ellas con nombres por el estilo de Dalia o Girasol. Son capaces de dar sesiones muy interesantes porque saben mucho acerca de las condiciones e índole de la vida astral. Responden prontamente a preguntas con tanta veracidad como sus conocimientos les permiten y
con apariencia de profundidad cuando el asunto está más allá de su alcance.
Producen golpes, movimientos, ruidos y luces sin la menor dificultad, y están dispuestas a llevar cualquier mensaje que sea necesario, no para dañar ni engañar, sino por el placer que experimentan en servir de mensajeras y verse adoradas y reverenciadas con profunda devoción y afecto como "queridos espíritus" y "ángeles custodios". Comparten la complacencia de lo concurrentes a la sesión y les satisface la benéfica obra de consolar al triste.
Como quiera que viven astralmente, la cuarta dimensión es un hecho vulgar en su existencia, y esto les facilita muchas jugarretas que a nosotros nos parecen prodigiosas, tales como sacar objetos de una caja cerrada o poner flores en un aposento igualmente cerrado.
Las sílfides o espíritus del aire que asisten a las sesiones espiritistas, conocen los deseos y sentimientos de los circunstantes de modo que pueden leer en su mente cuando piensan, excepto las ideas abstractas, y están a su alcance toda clase de materializaciones, con tal de disponer del conveniente material.
Se echa de ver, por lo tanto, que sin necesidad de ajeno auxilio, son capaces de proporcionar diversas distracciones y juegos de velada, como sin duda así lo hacen frecuentemente. No quiero decir en modo alguno que los espíritus de la naturaleza sean las únicas entidades que actúan en las sesiones espiritistas. El manifestado "espíritu" es a menudo el mismo que dice ser; pero también es verdad que a veces no lo es ni remotamente, y el vulgar circunstante no tiene medio alguno de distinguir entre la legitimidad y la impostura.



viernes, 1 de septiembre de 2017

Los Ángeles del Silencio




Hay un tipo de sensibilidad dévica proveniente de los más elevados subplanos del plano astral, cuyas repercusiones en la vida mística de la humanidad pueden ser medidas en términos de paz, quietud y recogimiento. De ahí que los Ángeles que viven, se mueven y tienen su razón de ser en tales niveles son denominados esotéricamente "Los Ángeles del Silencio". Esta realidad será difícil de ser aceptada por nuestra mente concreta, sujeta constantemente a la presión de las cosas objetivas y tangibles de la Naturaleza, pero cuando la vida psicológica del ser humano ha desarrollado en una cierta e importante medida "el amor de Dios", muy distinto en verdad de lo que llamamos “amor humano", la idea anteriormente expuesta empieza a tener un pleno y absoluto significado y se llega a la comprensión clara y concluyente de que las "meditaciones" y aun las llamadas "prácticas de silencio mental" sólo tendrán valor y eficacia reconocida si el corazón está libre y desapegado no sólo de las cosas del mundo, sino también de las ansias de crecimiento espiritual. El Silencio del Corazón, mediante el cual son invocados los Ángeles del Silencio, exige aquello que en lenguaje muy esotérico definimos como "desapasionamiento", el cual sólo puede ser logrado cuando en el intento, a veces desesperado, de la Búsqueda dejamos en cada repliegue de la mente o en cada recodo del Sendero “jirones de nuestro yo vencido". Y, sin embargo, el Silencio del Corazón no es el resultado de una lucha o de una resistencia a la vida en cualquiera de sus motivos condicionantes, sino un impulso de sagrada comprensión que nos lleva adelante, triunfando de todos los obstáculos que se oponen a nuestro camino. La lucha, tal como humanamente la entendemos, es decir, como una reacción contra algo o contra alguien, jamás nos acercará a la Morada de los Ángeles del Silencio... Lo que realmente precisamos es darnos cuenta, “sin lucha ni resistencia alguna” de las cosas que sobran en nuestra vida no para sofocarlas ni para destruirlas, sino para que nos revelen, frente al drama kármico de nuestra vida, "sus verdaderas razones y motivos”. Descubierto el verdadero sentido de una cosa, ésta desaparece sin lucha ni conflicto alguno del campo conceptual de la conciencia y deja virtualmente de atarnos a la rueda kármica de las caprichosas veleidades y de la futilidad de los motivos. Sobreviene entonces una acción maravillosa de carácter dévico, la cual “operando desde el éter” ayuda a disolver aquellos residuos que nuestra atenta observación había arrojado a la periferia de nuestra aura magnética. El Silencio natural implica “nitidez áurica”, y nadie podrá realmente gozar de sus impersonales y extraordinarios beneficios, cuyo carácter es iniciático, si su aura etérica se halla llena de residuos kármicos, los cuales, en sus profundas motivaciones, no son sino deseos posesivos cristalizados que condicionan y empobrecen la conducta. La Psicología esotérica, que será utilizada en un futuro no muy lejano, se basará en la profunda y sostenida observación individual de las propias e íntimas reacciones frente a la vida y a los acontecimientos y no, tal como se hace ahora, siguiendo todavía el método pisceano de “hacer conciencia” de los recuerdos del pasado, es decir, de las incontables memorias acumuladas en el tiempo y que en su totalidad constituyen lo que técnicamente llamamos “subconsciencia” el elemento sobre cuya base se crean todos los traumas y complejos psicológicos del ser. La verdadera curación psicológica se halla precisamente en “la disociación” de dichas memorias, no en hacer conciencia de las mismas tras el ordinario proceso de “volver al pasado” para hallar las causas productoras de un hecho que crea perturbaciones en la conciencia. Esotéricamente hablando, la verdadera salvación psicológica del ser consiste en aprehender el sentido de la vida afrontando serenamente, pero con indomable energía, el presente inmediato. Esto exigirá naturalmente una gran dosis de atención y de observación, pero en la intensidad de las mismas se comprobará que el “yo acumulativo” creador de los problemas humanos, va dejando progresivamente de actuar y finalmente por desaparecer del campo de la conciencia. Al llegar a este punto es cuando se produce el hecho, anteriormente descrito, de rechace de deshechos psíquicos hacia la periferia del aura magnética o etérica del ser humano, con la consiguiente actividad de los Ángeles del Silencio, cuya virtualidad principal es limpiar dicho campo magnético con el fin de propiciar la precipitación sobre el planeta Tierra de aquellas esplendentes energías, desconocidas todavía para la inmensa mayoría de las gentes que han de producir “redención etérica” y la introducción de un nuevo orden social en la vida de la humanidad, más en armonía con las sagradas leyes de la Jerarquía y con el santo Propósito de SHAMBALLA.



martes, 15 de agosto de 2017

Lineas de evolución de los espíritus de la naturaleza



Aunque con ciertas restricciones, ejercen grande influencia los espíritus de la naturaleza a quienes debemos considerar como los habitantes autóctonos de la tierra, expulsados de diversas partes de ella por la invasión del hombre, análogamente a lo ocurrido con los animales salvajes. De la propia suerte que éstos, los espíritus de la naturaleza, evitan por completo las ciudades populosas y todo lugar en que se reúnen muchedumbres humanas, por lo que allí apenas se nota su influencia. Pero en los tranquilos parajes rurales, en bosques y campos, en las montañas y en alta mar, están siempre presentes los espíritus de la naturaleza, su influencia es poderosa y omnipenetrante, de la propia manera que el perfume de la violeta embalsama el ambiente aunque se oculte entre la hierba. Los espíritus de la naturaleza constituyen una evolución aparte, completamente distinta hoy por hoy de la evolución humana. Todos estamos familiarizados con la trayectoria de la segunda Oleada de Vida a través de los tres reinos elementales hasta llegar al mineral, del que asciende por el vegetal y el animal para alcanzar la individualidad en el nivel humano. También sabemos que una vez lograda esta individualización, el progreso de la humanidad nos lleva gradualmente a las etapas del Sendero y después en progresión ascendente al Adepto y a las gloriosas posibilidades de un más allá. Esta es nuestra línea de desenvolvimiento, pero no hemos de incurrir en el error de creer que es la única. Aun en este nuestro mundo, la vida divina fluye impelentemente por diversas corrientes, de las cuales la nuestra es tan sólo una, y en modo alguno la más importante en orden. Comprenderemos esto mejor, recordando que la humanidad en su manifestación física ocupa solamente una pequeña parte de la superficie terrestre, mientras que hay entidades situadas en el correspondiente nivel de otras líneas de evolución, que no sólo pueblan la tierra más densamente que el hombre, sino que además moran en la dilatadísima planicie del mar y los campos del aire. 
En la presente etapa, vemos que las diversas corrientes a que hemos aludido fluyen paralelamente, aunque por de pronto de todo punto distintas. Por ejemplo, los espíritus de la naturaleza no han sido ni serán nunca individuos de una humanidad como la nuestra; y sin embargo, la vida que en ellos mora dimana del mismo Logos solar de que dimana la nuestra y a El volverá como la nuestra. Hasta llegar al nivel mineral, las corrientes pueden considerarse paralelas; pero tan pronto como al trasponer el punto de conversión suben por el arco ascendente, aparece la divergencia. La etapa mineral es, por supuesto, aquella en que la vida está más profundamente sumida en la materia física; pero si bien algunas corrientes retienen formas físicas en las diversas etapas ulteriores de su desenvolvimiento, haciéndolas según adelantan más a propósito para la manifestación de su vida interna, hay otras corrientes que desde luego desechan la materia densa y durante el resto de su desenvolvimiento en este mundo usan cuerpos constituidos exclusivamente por materia etérea. Así una de dichas corrientes o colectividad de entidades, luego de pasar por la etapa mineral, no se transporta al reino vegetal, sino que toma vehículos de materia etérea para morar en el interior de la corteza terrestre y en el seno de las compactas rocas. Muchos estudiantes no aciertan a comprender como es posible que haya seres vivientes que moren en el seno de las rocas o en el interior de la corteza terrestre. Sin embargo, los seres dotados de vehículos etéreos no tropiezan con la más leve dificultad para moverse, ver y oír en la masa de la roca, porque la materia física sólida es su natural ambiente y su peculiar habitación, la única a que están acostumbrados y en la que se encuentran como en su propia casa. No es fácil formar exacto concepto de estos vagos seres inferiores que actúan en amorfos vehículos etéreos; pero poco a poco van evolucionando hasta llegar a una etapa en que si bien habitan todavía en el seno de las rocas compactas, se acercan más a la superficie de la tierra, en vez de enmadrigarse en lo más hondo de la corteza; y los más evolucionados de entre ellos son capaces de mostrarse eventualmente al aire libre durante un corto tiempo. A estos seres se les ha visto y más frecuentemente oído en las cavernas y minas. La literatura medieval les dio el nombre de gnomos. En las condiciones ordinarias no es visible a los ojos físicos la etérea materia de sus cuerpos, por lo que cuando se muestran visiblemente es porque o se han revestido de un velo de materia física, o quien los ve ha excitado su perceptibilidad sensoria hasta el punto de afectarle las ondas vibratorias de los éteres superiores y ver así lo que normalmente no percibe. No es rara ni difícil de lograr la temporánea excitación de la facultad visual que se necesita para percibir a los espíritus de la naturaleza; y por otra parte, la materialización es cosa fácil para seres situados muy cerca de los límites de la visibilidad. Así es que se les podría ver con mayor frecuencia de la que se ve, a no ser por su arraigada repugnancia a la vecindad de los hombres. En la siguiente etapa de su evolución se convierten en hadas, que suelen morar como nosotros en la superficie de la tierra, aunque todavía con cuerpo etéreo. Después de esta etapa pasan a ser espíritus aéreos en el reino de los devas o ángeles, según explicaremos más adelante. La oleada de vida en el reino mineral no sólo se manifiesta por medio de las rocas que constituyen la corteza terrestre, sino también por medio de las aguas oceánicas; y así como las rocas dejan pasar a través de ellas las inferiores formas etéreas, todavía desconocidas para el hombre, que moran en el interior del globo terráqueo, asimismo las aguas dan paso a otras inferiores formas etéreas que tienen su morada en las profundidades del mar. En este caso, también la siguiente etapa de evolución nos ofrece formas más definidas, aunque todavía etéreas, que moran entre dos aguas y muy raras veces se muestran en la superficie. La tercera etapa (correspondiente a la de las hadas en los espíritus terrestres) nos da la enorme hueste de espíritus acuáticos que con su juguetona vida pueblan las dilatadas llanuras del océano. Las entidades que siguen estas líneas de evolución, toman cuerpos de materia exclusivamente etérea y no entran en los reinos vegetal, animal y humano; pero hay otros espíritus de la naturaleza que antes de su diversión pasan por los reinos vegetal y animal. Así en el océano hay una corriente de vida cuyas nómadas, al salir del reino mineral, entran en el vegetal en forma de algas, y luego pasan por los corales, esponjas y los enormes cefalópodos de entre dos aguas, para después emparentar con los peces y convertirse más tarde en espíritus acuáticos. Estas entidades conservan el denso vehículo físico hasta muy alto nivel; y de la propia manera observamos que las hadas terrestres no sólo proceden de las filas de los gnomos, sino también de las capas inferiores del reino animal, pues hay una línea de evolución que roza ligeramente el reino vegetal en forma de hongos, y después pasa por las bacterias y animálculos de diversas especies a los insectos y reptiles, para ascender al hermoso orden zoológico de las aves, de donde al cabo de muchas encarnaciones ornitológicas entra en la todavía más bella comunidad de las hadas. Hay otra línea de evolución que proviene del reino vegetal, donde asume la forma de hierbas y gramíneas, y después toma en el reino animal la de hormigas y abejas, hasta convertirse por fin en seres etéreos que, análogos a las abejas, zumban y revolotean en torno de plantas y flores, en la producción de cuyas numerosas variedades influyen notablemente hasta el punto de servir de auxilio sus funciones para la especialización y cultivo de los vegetales. Sin embargo, conviene distinguirlos cuidadosamente para evitar confusiones. Los diminutos seres que cuidan de las flores, pueden dividirse en dos grandes clases con numerosas variedades en ambas. La primera clase son los elementos propiamente dichos, porque no obstante su belleza, son tan sólo formas mentales y en modo alguno seres vivientes. Más bien cupiera decir que son criaturas de vida temporánea, pues si bien activísimos y muy atareados durante su corta vida, no reencarnan ni evolucionan, y una vez terminada su obra se desintegran y disuelven en la atmósfera circundante, lo mismo que les sucede a nuestras formas mentales. Son formas mentales de los ángeles o devas encargados de la evolución del reino vegetal. Cuando a uno de estos devas se le ocurre una nueva idea relacionada con alguna de las especies de plantas confiadas a su cuidado, emite una forma mental con el determinado propósito de realizar dicha idea. Generalmente la forma de su pensamiento es un modelo etéreo de la planta en cuestión, o bien una diminuta criatura que ronda por la planta mientras se forman los capullos y va gradualmente dándoles la configuración y colores que el deva ideó para la flor. Pero tan luego como la planta adquiere su completo crecimiento o se explaya la flor, termina la tarea del elemental, quien, según hemos dicho, se desvanece entonces extinguido ya su poder, porque la única alma que lo animaba era la voluntad de realizar la tarea terminada. Sin embargo, se ven en torno de las flores otros diminutos seres, verdaderos espíritus de la naturaleza, de los que hay muchas variedades. Una de las más comunes tiene forma parecida a la de los pájaros-moscas y se les suele ver zumbando en rededor de las flores a modo de abejas. Estas menudas y hermosas criaturas no serán nunca humanas por que no siguen nuestra línea de evolución. La vida que los anima ha pasado por hierbas y gramíneas tales como la cebada y el trigo en el reino vegetal y por las hormigas y abejas en el reino animal, hasta alcanzar la etapa de diminutos espíritus de la naturaleza, que más tarde se convertirán en las hermosas hadas de cuerpos etéreos, que viven en la superficie de la tierra. Posteriormente serán salamandras o espíritus del fuego, y luego se convertirán en sílfides o espíritus del aire, con cuerpos astrales en vez de etéreos, para pasar por último al reino de los devas. 


martes, 1 de agosto de 2017

Las Formas de los AGNIS, Señores de las Salamandras

                 
                    GIFS HERMOSOS: cosas lindas encontrdas en la web

Los AGNIS del FUEGO tienen la misión de dinamizar el Universo en todos sus niveles expresivos,siendo el Plano mental del Sistema, con sus Siete Subplanos, el centro energetizador de toda formacreada y, por tanto, de cada una de "las partículas de éter" que en su totalidad constituyen la substancia creadora del Universo. Hay que considerar a los AGNIS como los Agentes Promotores del Fuego, ya que no puede existir Fuego alguno en la Naturaleza sin que intervenga uno u otro de estos Agentes Ígneos. Igual que sucede con los Devas constructores de los Planos físico y astral, los AGNIS del Fuego pueden ser clasificados en orden a jerarquías, las cuales vienen condicionadas por la calidad e intensidad de los Fuegos que sean capaces de manipular y transmitir. Se les llama esotéricamente "Señores de las Salamandras", en el sentido de que cada AGNI comanda y dirige un grupo más o menos numeroso de Salamandras, estos agentes ígneos que están en la base mística del Fuego. Así, en los grandes incendios son percibidas legiones de AGNIS seguidos por sus particulares grupos de Salamandras, las cuales siguen el rastro de Fuego de sus Agnis respectivos y secundan su labor en la participación ígnea en que Aquéllos se hallaren inmersos y dinámicamente activos. 
Las Formas de los AGNIS son múltiples. En general se definen por la forma que puedan adoptar en el momento en que entran en actividad objetiva. De no ser así es imposible percibírseles dado que se hallan refugiados en los éteres de los niveles mentales que por ley de vibración y evolución les corresponde y de los que surgen rauda e instantáneamente en el momento en que las condiciones físicas de la Naturaleza exigen alguna actividad de carácter ígneo. Esotéricamente son reconocidos tres tipos principales de AGNIS, de los cuales se derivan todas las demás posibles especies y jerarquías:

1. AGNIS relacionados con el Fuego Cósmico de FOHAT, llamado también "Fuego Eléctrico".


2. AGNIS que surgen del Corazón místico de la Divinidad. A este tipo de Fuego se le llama Fuego Solar. Constituye el Fuego más importante del Universo, pues vitaliza todas las Formas creadas a través de la substancia esotéricamente definida como PRANA. 

3. AGNIS relacionados con el Fuego Místico de la Naturaleza, el del propio planeta, esotéricamente conocido bajo el nombre de KUNDALINI. Se le denomina también "Fuego por Fricción" y está en la base del Karma planetario.

Existen, pues, tres absolutas Jerarquías ígneas, las cuales actúan interdependientemente a pesar de sus distintos niveles de evolución, ya que la naturaleza esencial del Fuego nace con la manifestación del Espíritu de Dios y se expande a través de las cualidades causales de Su Alma16. Se concretan luego en el Fuego de KUNDALINI, el Fuego central que alienta, dinamiza y vivifica el entero contenido planetario de cualquier astro en proceso de evolución y es responsable de su movimiento particular de ROTACIÓN. Esto, naturalmente, en lo que a nuestro Universo se refiere, pero si aplicamos convenientemente la analogía llegaremos quizá a la conclusión de que todo cuerpo celeste ocupando un lugar definido dentro del Espacio Cósmico posee un núcleo de poder ígneo, llámesele KUNDALINI u otro nombre, que vivifica todos y cada uno de sus componentes vitales y le presta su movimiento particular y característico de ROTACIÓN, el cual vendrá condicionado por la calidad y potencia creadora de su Logos regente y por su peculiar NOTA vibratoria. Esta NOTA es la expresión del Espíritu de Vida de aquel Logos y la que origina el Poder ígneo que arde en las entrañas misteriosas del planeta o cuerpo celeste mediante el cual realiza su particular e íntima evolución. Hay, por tanto, una misteriosa relación entre el Poder del Fuego responsable del movimiento de ROTACIÓN de un planeta y la NOTA vibratoria, o A.U.M. sagrado, en multiplicidad de tonos, que emite su Logos planetario conteniendo el Espíritu de Resolución de SER y de EXPRESARSE en el tiempo... Cuando la Voluntad Logoica deja de prestarle atención a Su Cuerpo planetario, enmudece la NOTA y extinguido el Fuego que aquella suprema NOTA evocaba de las insondables entrañas del COSMOS ABSOLUTO, el planeta deja de ser en el tiempo y muere por inanición, por falta de Fuego y empieza para él el no menos misterioso trabajo de disolución de sus componentes químicos. Los Devas del Fuego dejan prácticamente de actuar y, llevando cada cual consigo "su grupo de salamandras", se refugian en las indescriptibles regiones del éter, en donde el Fuego creador se halla en perfecto reposo, a la "eterna espera del Día de la Oportunidad", es decir, el momento solemne en que otra NOTA invocativa, más potente que la que galvanizó sus impulsos ígneos precedentes, los vuelva a poner en cíclico movimiento y contribuyan de nuevo a la obra creativa de introducir fuego en la masa incandescente del planeta. Esto hará infundir vida a su entero contenido y dotarle del movimiento de ROTACIÓN mediante el cual la NOTA mágica que surge del gran Océano Creador de Vida pueda hacer sentir su presencia social -si así podemos decirlo- en el Espacio y en el Tiempo. Comprendemos que estas ideas son muy abstractas; sin embargo, no hay otra manera de expresarlas. La aplicación correcta del principio de la analogía hará posible su correcta interpretación. La desintegración de cualquier astro que ocupe un lugar definido en el Espacio tiene lugar cuando el Agni que rige y alimenta la "combustión" o "incandescencia" de su núcleo central deja de prestarle atención y, siguiendo las misteriosas instrucciones del Logos creador de aquel particular cuerpo celeste, "ABSORBE EL FUEGO DENTRO DE SÍ" y se refugia con él en el impenetrable Misterio del definido Plano de la Naturaleza en donde tiene su Morada. Esta retirada del Fuego que origina automática y simultáneamente el fenómeno de la MUERTE de un astro es similar, dentro de los limites naturales impuestos por la evolución, a la que origina la muerte del cuerpo físico de cualquier ser humano. En ambos casos se produce la retirada del factor vital (llámesele Fuego, Vitalidad o Dinamismo creador) y el consecuente fenómeno de la desintegración. Pero, siempre serán los AGNIS, los Promotores del Fuego Sagrado de la Vida de la Naturaleza, los Responsables del proceso, ya se realice en los éteres del Plano físico, del Astral o del Mental, pues el Fuego en todas sus infinitas modificaciones es el Eterno Dador de Vida en todos los niveles del Sistema Solar. Los tres tipos de Fuego antes descritos, el físico, el emocional y el mental, están muy íntimamente vinculados, en lo que a nuestro Universo se refiere, con las tres grandes Constelaciones de ARIES, de LEO y de SAGITARIO, siendo Marte, el Sol y Júpiter los astros que canalizan las tres potentísimas corrientes de energía ígnea dentro de nuestro Sistema planetario. La evolución de un astro cualquiera dentro de nuestro Universo dependerá absolutamente de la evolución de los AGNIS que promueven y mantienen encendidos sus Fuegos internos. Dichos Agnis son un resultado invocativo de la evolución espiritual del Logos Solar. Lo mismo ocurre con la evolución mística o espiritual del hombre, que determinará el desarrollo de sus centros etéricos y consecuentemente la calidad de los que concurren en el desenvolvimiento del destino de su vida o sea, del Fuego de Fohat, del Fuego Solar o del Fuego de Kundalini, expresiones ígneas de su Mónada, de su Alma y de la triple Personalidad en cualquier momento del tiempo y en cualquier lugar del Espacio.


sábado, 10 de junio de 2017

Las Silfides



Vamos a considerar ahora el tipo superior del reino de los espíritus de la naturaleza, o sea la etapa en que convergen las líneas de desenvolvimiento de las hadas de tierra y mar. Son las sílfides o espíritus del aire muy superiores a los tipos que hemos tratado hasta ahora, pues ya se han desprendido de materia física y su vehículo inferior es el astral. Aventajan mucho en inteligencia a las clases
etéreas e igualan a la generalidad de los hombres, aunque todavía no están permanentemente individualizadas.
Por estar tan evolucionados estos seres pueden comprender acerca de la vida mucho más que los animales al separarse de su alma grupal, y así ocurre que conocen que les falta la individualidad y anhelan ardientemente lograrla. Esta es la verdad subyacente que en las tradiciones populares que representan a los espíritus de la naturaleza anhelosos de poseer un alma inmortal.
El procedimiento que ordinariamente siguen para este logro consiste en relacionarse por el trato y el amor con los Devas o ángeles astrales que constituyen el grado de evolución inmediatamente superior.
Un animal domestico, como el perro o el gato, progresa por el desarrollo de su inteligencia y de sus afectos mediante el intimo contacto con su dueño. No sólo le mueve su amor al dueño a determinados esfuerzos para comprenderle, sino que las vibraciones del cuerpo mental del dueño influyen de continuo en su rudimentaria mente, que poco a poco aumenta en actividad, al propio tiempo que el afecto de su amo despierta en su cuerpo astral siempre crecientes emociones.
El hombre puede o no amaestrar al animal, pero en todo caso, aun sin deliberado esfuerzo, la íntima relación entre ambos favorece el progreso evolutivo del inferior. Con el tiempo, el desenvolvimiento del animal llega a un nivel en que es capaz de recibir la tercera Oleada o, mejor dicho, Efusión de Vida, que lo individualiza separándolo definitivamente de su alma grupal.
Ahora bien, esto es exactamente lo que ocurre entre el Deva astral y la sílfide, con la sola diferencia de que lo efectúan de más inteligente y eficaz manera. Ni un hombre entre mil sabe nada acerca de la verdadera evolución de su perro o de su gato ni mucho menos comprende el animal las posibilidades que le aguardan. Pero el Deva conoce claramente el plan de evolución y en muchos casos también sabe la sílfide lo que le conviene, y en consecuencia obra inteligentemente para lograrlo.
As es que cada Deva astral tiene adictas varias sílfides a quienes enseña y de él aprenden, intercambiándose sus afectos.
Muchos de estos Devas astrales sirven de agentes a los devarrajas en la distribución del karma, y así ocurre que las sílfides suelen ser agentes subalternos de esta obra, adquiriendo sin duda copiosos conocimientos, mientras ejecutan la labor asignada.
El Adepto sabe cómo utilizar los servicios de los espíritus de la naturaleza cuando de ellos necesita, y hay no pocos asuntos que les pueden confiar. En el número de Broad Views, correspondiente a febrero de 1907, se publicó un admirable relato de la ingeniosa manera en que un espíritu de la naturaleza desempeñó una comisión que le había confiado un Adepto.
Se le encargó que distrajese a un inválido enfermo de gripe, y durante cinco días el espíritu entretuvo con curiosas e interesantes visiones cuyo feliz resultado, según confesión del mismo enfermo, fue “alegrar los días que en ordinarias circunstancias hubieran sido de insufrible tedio”.
Le mostró el espíritu de la naturaleza una desconcertante variedad de escenas en que aparecía el interior de semovientes rocas con diversidad de seres en ellas.
También le mostró montañas, bosques, senderos y edificios de soberbia arquitectura, columnas corintias, estatuas, bóvedas y maravillosas flores entre palmas que ondeaban como mecidas por la brisa. Con los objetos del aposento componía una escena de mágica transmutación, y en verdad que de la curiosa índole del solaz proporcionado podía colegirse la especie de espíritu de la naturaleza empleado en tan caritativa obra.
Los magos orientales procuran a veces obtener la ayuda de los superiores espíritus de la naturaleza para sus operaciones; pero este empeño no está exento de peligros.
Al efecto han de valerse de la invocación o de la evocación. La invocación consiste en atraer al espíritu con súplicas y concertar el asunto con él. La evocación estriba en actualizar influencias que muevan al espíritu a obedecerle. Si fracasa en el intento se expone a provocar la hostilidad con riesgo de inutilizarlo prematuramente o por lo menos lo colocará en situación desairada y ridícula.
Hay muchas variedades de sílfides que difieren en poder, inteligencia, aspecto y costumbres. Desde luego que no están tan contraídas a determinada localidad como las clases ya descritas, aunque también parecen reconocer los límites de diversas zonas de altitud, pues unas variedades flotan siempre cerca de la superficie terrestre, mientras que otras veces se acercan a ella. Por regla general comparten la común repugnancia por la vecindad del hombro y sus inquietos deseos; pero hay ocasiones en que soportan esta molestia a cambio de diversión o de lisonja.


viernes, 19 de mayo de 2017

Las hadas y los hechizos



publicado en mi pagina


Su actitud respecto del hombre

La mayor parte de los espíritus de la naturaleza repugnan y evitan la compañía del hombre, y no es extraño que así sea, pues para ellos el hombre es un devastador demonio que destruye y despoja por doquiera que pasa.
A sangre fría y a veces entre horribles tormentos mata el hombre a las hermosas criaturas de que los espíritus de la naturaleza gustan cuidar. Abate los árboles, siega las hierbas, arranca las flores y desidiosamente las echa para que se marchiten. Suplanta la amable vida en el seno de la naturaleza con sus horribles ladrillos y cementos, y la fragancia de las flores con los mefíticos vapores de sus
manipulaciones químicas y el ensuciador humo de sus fábricas. ¿Es extraño que las hadas nos miren con horror y se aparten de nosotros como nos apartamos de un reptil ponzoñoso?.
No solo devastamos cuanto más amable es para las hadas, sino que la mayor parte de nuestros hábitos y emanaciones les desagradan. Envenenamos el suavísimo aire con repugnantes vapores de alcohol y humo de tabaco. Nuestras inquietas e indómitas pasiones levantan un continuo flujo de corrientes astrales que las perturba y enoja con el mismo disgusto que tendríamos nosotros si nos vaciaran encima un cubo de agua infecta. Para los espíritus de la naturaleza la cercanía del hombre ordinario equivale a estar bajo la furia de un huracán que soplara en una sentina. No son ángeles con el perfecto conocimiento a que acompaña la perfecta paciencia, sino que son como niños inocentes y algunos de ellos cual juguetones gatitos excepcionalmente inteligentes. Por otra parte ¿es extraño que nos repugnen, rechacen y eviten si por costumbre ultrajamos sus mas nobles y elevados sentimientos?
Se conocen dos casos en que a causa de excesiva intrusión o molestia por parte del hombre, mostraron las hadas notoria malicia y se desquitaron del daño. Esto denota que por lo general, no obstante las insoportables provocaciones del hombre, rara vez se encolerizan las hadas pues su acostumbrado procedimiento de repeler a un intruso es hacerle victima de alguna broma a menudo puerilmente pesada, pero nunca gravemente dañosa. Se gozan en extraviar o engañar al intruso, haciéndole perder el camino al cruzar un pantano, manteniéndole dando vueltas de círculo toda la noche mientras cree que anda en derechura o forjándole la ilusión de que ve palacios y castillos en donde no hay tales.
Varios cuentos y leyendas sobre esta curiosa característica de las hadas subsisten tradicionalmente entre los aldeanos de casi todas las comarcas montesinas.

Hechizo


Las hadas se valen eficazmente en sus tretas y burlas de la maravillosa facultad que tienen de hechizar a quienes ceden a su influencia, de modo que mientras están sujetos al hechizo, solo ven y oyen lo que las hadas les sugieren al igual del hipnotizado que únicamente ve, oye, palpa, gusta y huele lo que el magnetizador desea.
Sin embargo, los espíritus de la naturaleza no tienen la hipnótica facultad de dominar la voluntad humana, excepto cuando se trata de gentes de pobre entendimiento que ceden a un invencible terror durante el cual queda en suspenso la voluntad.
Las hadas no tienen otro poder que el de alucinar los sentidos pero en esto son indiscutiblemente maestras y no han faltado casos en que hechizaron de golpe a gran número de gentes.
Los juglares de la India efectúan con el impetrado auxilio de las hadas sus más sorprendentes suertes, entre ellas la del cesto o aquella otra en que el juglar lanza aire arriba una cuerda que se coloca y mantiene tirante en el espacio sin apoyo alguno, hasta que desaparece luego de saltar por ella el prestidigitador. Los circunstantes están en este caso colectivamente alucinados y se figuran que presencian una serie de sucesos que no han ocurrido en realidad,
El poder del hechizo consiste sencillamente en forjar una vigorosa imagen mental y proyectarla después en la mente del hechizado. A la generalidad de los hombres les parecerá eso casi imposible porque nunca lo intentaron ni tienen idea de como se realiza. La mente del hada no es tan amplia como la del hombre; pero está acostumbradísima a forjar imágenes y proyectarlas en ajenas mentes, porque tal esuna de las principales tareas de su vida cotidiana.
No es extraño que con tan continuada práctica sean las hadas expertas en esta operación, que resulta mucho mas sencilla para ellas cuando como en el caso de los juglares índicos, se ha de reproducir centenares de veces la misma imagen, hasta que cada pormenor se traza sin esfuerzo a consecuencia del hábito.
Para comprender bien como se hace esto, debemos recordar que las imágenes mentales tienen realidad, pues son construcciones de materia mental y que la línea de comunicación entre la mente y el cerebro físico pasa por las contrapartes astral y etérica de este mismo cerebro, pudiendo interceptarse la comunicación por medio de un obstáculo colocado en cualquier punto intermedio.
Algunos espíritus de la naturaleza suelen concurrir a las sesiones espiritistas con objeto de remedar engañosamente los fenómenos físicos. Quienes hayan frecuentado dichas sesiones recordarán casos de bromas y burlas sin malicia, que denotan casi siempre la presencia de un espíritu de la naturaleza, aunque también cabe atribuirlas a un difunto que en vida fue lo bastante casquivano para creer que divierten las tonterías y no ha tenido aún tiempo de adquirir sabiduría.